Completamos con este post los apuntes ofrecidos en dos anteriores, titulados “Despojo de los egipcios y de los cristianos” y “¡Ojo con el lenguaje de contrabando!”. Se recuerdan algunos hechos de la cultura de masas y se proponen varias preguntas para un discernimiento.
Al acabar las notas sobre “el despojo de los egipcios” (spolia Aegyptiorum, decían en latín) prometíamos decir unas palabras sobre el de los cristianos. Distinguíamos ya entonces entre “despojo” de bienes simbólicos de nuestra tradición y “universalización” de valores. Pensamos que el despojo de que hablaban los Padres de la Iglesia era perfectamente razonable: aceptar en la propia tradición ideas morales de otras tradiciones (p.ej., de la filosofía estoica) tiene cierto parecido con la universalización de valores de cepa cristiana.
Con la fórmula “despojo de los cristianos” me refiero a diversos hechos de que ha dado cuenta la prensa en los últimos años. Uno es la reproducción de cantos gregorianos en las discotecas, mezclados con piezas de diverso género que tienen en esos locales su espacio y encaje natural; otro, el desfile de una modelo que lleva al cuello un rosario gigante (¿cerca de un metro de longitud?) rematado con una cruz de notable tamaño; otro, la fiesta privada de Madonna en que los invitados endosan vestiduras de eclesiásticos (no recuerdo si alguno llevaba ornamentos sagrados); otro más, la misma Madonna en pose de crucificada; uno nuevo, la foto en que trece modelos, doce mujeres y un varón, calcan con su distribución en grupos de tres y con sus poses La última cena de Leonardo da Vinci. (En línea parecida se encuentra cierta reproducción del mismo cuadro, al parecer con intención satírica, en que las cabezas, todas de hombres, deben de corresponder a personajes italianos, pues hay unos “bocadillos” en esa lengua.) Añadamos a esta lista la letra de una canción de David Bisbal, que comienza con un “ave, María, ¿cuándo serás mía?”, estribillo que se repetirá –supongo– casi ad nauseam; y, por último, el dato oído a un compañero de que en anuncios de una firma comercial figuran, en tamaño pequeño, estas palabras: “la buena noticia”.
Ese es el puñado de hechos. Puede bastar con esta muestra. ¿Son todos de la misma especie? Se nos concederá que son de género similar. Lo que evocan de golpe son diversas realidades (hechos históricos, objetos piadosos, creaciones artísticas y expresiones lingüísticas) que pertenecen al mundo religioso; las evocan de inmediato, pues se las conoce de sobra en un ámbito cultural más o menos amplio y los autores cuentan con que los oyentes o los espectadores identifiquen al punto su procedencia religiosa. Más en concreto, esas realidades pertenecen al patrimonio cristiano. Algunas son o remiten a acontecimientos especialmente significativos y sagrados para un creyente: la última cena de Jesús con sus discípulos, su crucifixión, la anunciación del Señor en el relato del tercer evangelista; resulta evidente que es de otro orden, muy inferior, el traje talar de un cura o un obispo, aunque no carezca de significado institucional.
En el lenguaje común hay expresiones que han nacido o han cobrado singular fuerza en ese mismo ámbito cristiano y que se pueden usar con mucho sentido y con toda dignidad en la vida de cada día: “me traes por la calle de la amargura”, “¡qué calvario!”, “¡qué cruz, Señor, qué cruz!”; el lenguaje popular ha acopiado no pocas fórmulas que van en esa misma dirección. Otras fórmulas son indiferentes: “acabó como el rosario de la aurora”, “meterse en belenes”; algunas resultan más bien irreverentes (“se armó la de Dios es Cristo”); hay, en fin, anuncios publicitarios que quizá rozan la transgresión.
Sin embargo, el regusto que deja el puñado de hechos que he apuntado arriba es de otro tipo. Uno tiene el sentimiento de que se ha cruzado un límite. ¿Qué etiquetas se pueden poner a estas prácticas de la cultura de masas? Supuestamente, la intención de quienes las han ideado ha sido provocar, o, quizá incluso, escandalizar. Un diseñador novel que quiere abrirse paso en el mundo de la moda tiene que llamar la atención sobre sí, y un modo de hacerlo, quizá no muy creativo, es la provocación. Se trata de una forma de trasgresión. Para nuestro caso, la cuestión decisiva es esta: ¿Cuándo, al usar símbolos muy representantivos de la tradición cristiana, nos hallamos ante una verdadera profanación?
Respondemos proponiendo las preguntas que cabe hacerse ante cualquiera de esos fenómenos: ¿Se despoja a esas realidades de su sentido trascendente y sagrado? ¿Se las despoja de calidad espiritual? ¿Se las despoja de hondura humana? ¿Se las frivoliza y vuelve banales? ¿Se las utiliza al servicio de intereses de menor rango, aunque sean en sí legítimos?
Atenagoras