Estos días, en el Oficio de Lecturas que recitan los monjes y los que han recibido alguna orden sagrada, se lee el libro del Éxodo. En él se cuenta que los israelitas, antes de salir de Egipto, se ganaron el favor de los habitantes del país, y estos les entregaron gran cantidad de bienes. Este punto particular del relato fue objeto de una lectura especial en autores de la antigüedad cristiana.
¡Qué de lecturas no se habrán hecho, y qué de lecturas quedarán por hacer, de los escritos sagrados de judíos y cristianos! ¡Qué lecturas no se habrán hecho, y qué lecturas quedarán por hacer, de los mismos escritos! Primero hemos apuntado a la cantidad; luego, a la variedad… y la arbitrariedad. Formulemos primero el asunto en términos inconcretos: nos ha intrigado un pasaje bíblico oscuro, en el intento de averiguar el contenido celosamente encubierto hemos echado la imaginación a volar, de golpe hemos tenido una ocurrencia más o menos genial, luego, a toda prisa, hemos proyectado esta intuición sobre el texto, acto seguido hemos creído que la Escritura declaraba a todas luces, sin lugar a equívocos, el mensaje recién vertido sobre ella… ¡y nos hemos quedado tan anchos y satisfechos! Como los textos no se quejan, quizá nos atrevemos a practicar con ellos un variado repertorio de malabarismos interpretativos. A un lector más sobrio y exigente se le antojará arbitrario, cuando no violento y salvaje, ese ejercicio exegético.
No debieran dar pie a una práctica tan caprichosa ciertas creencias que circularon en el pasado y que tenían su fondo de verdad. Por ejemplo, entre los rabinos circulaba la creencia de que la Escritura tiene setenta sentidos, un modo de decir que su mensaje es inagotable, y su profundidad, insondable. La verdad de Dios, alojada en pobres palabras y frases humanas, las desborda y hace estallar su sentido corriente, enriqueciéndolas de nuevos significados que la meditación continua nos permite descubrir.
Fray Luis de León participaba probablemente de esa creencia rabínica. Incluso pensaba que la forma de los caracteres hebreos no es una invención arbitraria y que encierra especiales misterios. En Los nombres de Cristo hace consideraciones curiosas sobre la forma que tiene “en las letras caldaicas” el nombre de Dios y cree adivinar, en la semejanza de los trazos, nada menos que una señal del misterio de la Trinidad.
Otra creencia de Fray Luis es que la Biblia, a modo de libro total, contiene el anuncio de todos los grandes acontecimientos pasados, presentes y futuros de la historia. El gran escritor, exegeta y teólogo agustino, en su Exposición del libro de Job, traduce así Job 28,4: “Divide arrojo de pueblo peregrino, a los que olvidó el pie del mendigo, a los inaccesibles”. El versículo le resulta oscuro, y expone dos interpretaciones posibles. Al final se inclina por la primera:
“Mas la primera letra [= lectura o interpretación], que es más verdadera y más cierta, a lo que yo juzgo, señala como con el dedo el descubrimiento del Nuevo Mundo, que en la edad de nuestros padres se hizo, y es profecía manifiesta dél, puesta aquí con grande propósito. Porque pretendiendo Job mostrar que sólo el saber ni se compra con dinero ni se halla por artificio y que todo lo demás con el tiempo lo descubre y lo halla la industria, no pudo decir más señalada cosa ni más eficaz, para la prueba de lo que decía, que certificar que los hombres descubrirían con el tiempo un mundo entero por tantos millares de años ascondido y cubierto”.
Es ilustrativa la nota que escribió sobre esta interpretación el P. Félix García en la edición de la BAC (manejo la segunda edición, del año 1951). Señala que los grandes exegetas veían en la Escritura “no solo el compendio de todo saber, sino la cifra y anuncio de todos los acontecimientos humanos”. Y añade que la interpretación de Fray Luis “tiene tanta validez como las explicaciones dadas a otros textos profanos anunciadores de Atlántidas”. Dejamos al lector el juicio sobre esta última apreciación (¿peregrina?, ¿inaccesible?) del erudito editor.
Bueno, volvamos a nuestro asunto, que nos hemos distraído demasiado de la intención primera. Estábamos en que distintos Padres de la Iglesia leyeron el texto del despojo de Egipto (Ex 12,36) en un sentido especial: los utensilios de plata y oro y la ropa que recibieron los israelitas de los egipcios significan ahora, no bienes materiales, sino bienes simbólicos: relatos y parábolas, dichos sapienciales, ideas filosóficas, reglas morales, significados y valores dignos de consideración y aceptación. Practicaron así una lectura alegórica y actualizante de la Escritura.
Venían a decir que, en cierto modo, los bienes simbólicos de los paganos les pertenecen en propiedad a los cristianos, pues son los verdaderos discípulos del Logos, del Verbo encarnado, quien antes, en su condescendencia y prodigalidad, había repartido esos bienes entre los gentiles. Es normal que ahora se los apropien los herederos legítimos, los cristianos; esos bienes, en realidad, son patrimonio suyo.
No hace falta recordar que el mismo Pablo, en la carta a los Filipenses (Flp 4,8) invita a que los creyentes tomen en consideración todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable. Y más tarde dirá el Ambrosiaster que toda verdad, no importa quién la diga, procede del Espíritu Santo; el Espíritu sería el verdadero autor de esas partículas de conocimiento, y el “inventor” humano no pasa de ser un primer receptor y un primer transmisor, pero no su creador y dueño. Si, en consecuencia, hacemos como Fidel Castro y nos negamos a pagar derechos de autor, práctica típicamente capitalista, y nos apropiamos las partículas de verdad que ha sembrado el Espíritu por doquier, parece que no cometemos delito especial (¡Espero que no se soliviante el lector ante este guiño castrista!). “Todas las cosas son vuestras” –decía el apóstol Pablo–; “míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes; los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías…” –añadía Juan de la Cruz–.
Incorporemos dos apuntes. Primero: de seguro que alguien nos invitará a la cautela y al discernimiento, no se vaya a colar de rondón, so capa de verdad y valor, algún engaño o contravalor. En otro post trataremos ese asunto. Segundo: los que se han despedido de la tradición católica o cristiana han replicado con la misma operación. Nos sentimos felices de la universalización de algunos valores cristianos, o al menos de su amplia difusión; lo que ya no nos agrada tanto es que algo muy sensible, como son los grandes ritos cristianos, se despoje de su trascendencia y reciba un tratamiento “laico”, como quizá suceda con los bautizos laicos, o las primeras comuniones laicas. También sobre esta cuestión habrá que volver.
Errata que hay que corregir: donde dice “arrojo” debe decir “arroyo”. Así tiene sentido el texto.
Atenagoras