Religión y Magia. Claves para su distinción 2

3. Fe y técnica

La forma típica de la relación con Dios es la fe, que es la esencia misma de la relación interpersonal. La relación interpersonal consiste en la comunicación con un tú, cuyo núcleo personal permanece invisible e inaccesible para el otro. Sus pensamientos, sus sentimientos, su mundo interior que le identifica como persona se hace accesible al otro sólo si él mismo decide manifestarlo con palabras, gestos, acciones, etc., que son la revelación de eso mundo interior. Y el que acoge esta revelación debe creer que estas manifestaciones externas corresponden con el mundo personal de quien así se expresa, esto es, ha de confiar en él y en sus expresiones. La fe es ante todo confianza. No es una confianza ciega, puesto que existen las manifestaciones del mundo interior del otro; pero tampoco es una evidencia plena, como en los hechos planos y desnudos de la física, pues hay algo del otro que queda oculto a mi mirada (como parte de mí queda oculto a la mirada de los demás).


En la fe religiosa nos abrimos en confianza a la revelación que el Dios invisible hace de sí en los signos sacramentales de su Ser, su Poder y su Bondad: se revela en la naturaleza como Creador y en la historia como Señor y Salvador; así Dios se expresa por medio de la creación y de acontecimientos históricos, a través de santos y profetas, y de modo definitivo y perfecto en la encarnación de su Verbo (su expresión perfecta, que es Él mismo), en el Dios-hombre, Jesucristo. Se trata de expresiones y signos creíbles, dignos de confianza, pero no absolutamente evidentes precisamente porque llaman a una relación interpersonal: dejan un espacio a nuestra libertad, respetando la posibilidad de que el hombre rechace la oferta que Dios le hace y que Él nos dirige sin aplastarnos con su presencia. Además, no pueden ser absolutamente evidentes porque el Dios trascendente no se agota en ninguna de sus manifestaciones visibles.

En la magia la actitud básica no es la fe (la acogida confiada del otro), sino la técnica, que es la forma básica de relación con las cosas, la relación de manipulación y dominio. Y aquí se trata, en efecto, de que, por medio ciertos medios de carácter técnico, aunque carentes de toda base racional o científica, el (supuesto o real) lado oculto de este mundo se vea obligado a mostrarnos su secreto. Se trata, por tanto, de manipular ese mundo para dominarlo y ponerlo a nuestro servicio, independientemente de que los fines perseguidos con esas técnicas se consideren benéficos o malignos. Al no tratarse de una relación interpersonal, sino meramente técnica (cósica), no cabe aquí la exigencia de respeto a la libertad del otro, sino que se trata sencillamente de obtener información para dominar y alcanzar poder. Y con ello enlazamos ya con el tercer criterio de discernimiento entre la religión y la magia.

4. Exigencia moral y promesa de satisfacción

La genuina religiosidad siempre ha estado ligada con la exigencia moral. Es verdad que existen formas primitivas de religión en las que la fe y la magia se mezclan y confunden, pero con el progreso de la conciencia religiosa estas actitudes se van distinguiendo progresivamente hasta resultar incompatibles. De ahí la prohibición severa en el Antiguo Testamento de todo género de adivinación, magia o invocación de los muertos (cf. Lv 19, 31; 20, 6. 27; Dt 18, 11; 1 S 28, 3).

La depuración de la religión lleva, sobre todo con los profetas, a identificar el verdadero culto a Dios con las exigencias morales de la justicia y el derecho, la atención a los pobres y desvalidos (cf. por ejemplo, Is 1,11-17; Os 6,6; 8,13; Am 5,22; Zac 7,10 y muchísimos otros textos que podrían aducirse).

Esto supone que la genuina religiosidad conlleva con frecuencia la exigencia moral de renunciar a la satisfacción inmediata, incluso en ocasiones de necesidades legítimas, en nombre del bien, la justicia y la ayuda a los necesitados, a los que se encuentran en una situación peor que la nuestra. Es decir, la religión, pese a su promesa de un consuelo futuro, conlleva la ascética que no promete satisfacciones inmediatas, sino que impone renuncias, desde luego a toda forma de mal, pero también a bienes legítimos, que, en su forma extrema, puede comportar el sacrificio de la propia vida.

Paradójicamente, esta exigencia moral libera al hombre de la esclavitud de las necesidades inferiores y fortalece su espíritu, abriéndole a valores siempre más altos y trascendentes. Por ello, la expresión más alta de esta exigencia, incluso desde el punto de vista moral, es la cruz de Jesucristo, que al morir, nos dio la vida nueva de la resurrección.

La magia, su actitud técnica y su búsqueda de poder están dirigidas en sentido contrario: por el deseo de satisfacción inmediata. Quien acude a la magia lo hace guiado por el deseo de asegurarse el éxito en algún campo concreto: dinero, salud física o, en el peor de los casos, vengarse o hacer mal a quien considera sus enemigos. En el caso de buscar bienes considerados legítimos (como salud o éxito en algo), no se trata de suplicarlos a Dios en la oración, con la disposición a aceptar en todo caso su voluntad y de hacer todo lo humana y legítimamente posible para alcanzar esos bienes, sino que se trata de asegurárselos de manera automática y prácticamente sin esfuerzo por su parte. Es decir, está completamente ausente la exigencia moral.

Aquí se da la paradoja inversa que en el caso de la genuina religión: los que buscan así una satisfacción inmediata de modo técnico y sin esfuerzo, se someten de este modo a sus inclinaciones inferiores y, con ello mismo, se hacen siervos de ellas, con lo que pierden su libertad de espíritu, la propia de un ser dotado de dignidad personal. Por otro lado, es posible que en algún caso se obtenga algo de lo que se busca, pero es altamente dudoso que esos beneficios puedan asegurarse por caminos tan poco fiables, y, tanto si se obtienen como si no, lo que es seguro es que el precio personal, moral y religioso que quien recurre a estos métodos tiene que pagar es muchísimo más alto que los beneficios que espera conseguir.

5. Gracia y poder

Con esto llegamos al final de nuestra búsqueda de discernimiento entre religión y magia.

En la primera el hombre se diviniza en la relación con Dios por la gracia que Él le concede: el hombre se abre desde su libertad limitada al Dios del amor y que es fuente de su libertad, y lo hace mediante la oración: la súplica, la alabanza y la adoración; y mediante la proyección de esta oración en la relación con el mundo y especialmente con los otros seres humanos, en el espíritu del amor, el perdón y el servicio.

En la magia el hombre busca saber y poder para dominar, para afirmarse a sí mismo, para ordenar a la realidad que se pliegue a sus propios deseos. Es decir, al reducir la vida espiritual y las dimensiones invisibles de la vida (pero no a Dios, que es inalcanzable) a una mera técnica, con la idea de que quien la usa dispone ya del poder y del saber, el hombre cae en la tentación fundamental de ser él mismo dios para sí mismo y para los demás. Con ello niega su condición de criatura y se encamina a su propia perdición.

A esta luz podemos entender con toda su fuerza y plenitud las palabras de Jesús: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24-25); y estas otras: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición…; mas ¡que estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!” (Mt 7, 13-14).

José Mª Vegas cmf

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