En este complemento se añade un pecto nuevo al análisis y comentario del texto publicado el 28/11/2008. Gira en torno al adverbio “probablemente” , a la gramática y lógica del anuncio y a otros asuntos.
Los anuncios, ya se sabe: no son un tratado; simplemente apuntan o sugieren, con la mayor economía de palabras. Se elimina todo lo superfluo. Es el grano, las quintaesencias, no las pajas y los fárragos, lo que importa. Huyen de la prolijidad como de la peste. Lo que se busca es que llamen la atención, se graben en el espectador o el lector, den que hablar y muevan a acoger la oferta que hacen.
El futuro anuncio de nuestro autobús londinense ha dado que hablar: por de pronto, al periodista que lo transmitió en EL PAÍS, Abel Grau, al redactor de este post y puede suponerse que a bastantes lectores más. Ha conseguido uno de sus objetivos. Puede felicitarse por este acierto.

There's no God...
Quizá el acierto mayor está en el adverbio. No me extrañaría que los publicistas se lo hayan pensado con detenimiento, o que lo hayan percibido como una auténtica revelación. Un escueto y marcial “Dios no existe” resulta demasiado duro en los tiempos que corren, poco favorables a grandes certezas y grandes relatos. Se tiene la sensación de que todo es aproximativo, precario, relativo a un tiempo y un lugar, revisable. Aproximativo: parece que las pomposamente llamadas “ciencias exactas” no lo son tanto. Precario: lleva fecha de caducidad; cuentan que Einstein dijo: “dos y dos son cuatro… hasta nueva orden”. Relativo a un tiempo y un lugar, aunque el tiempo se mida por millones de años y el lugar sea el entero globo terráqueo; de hecho, algunos afirman que dos y dos son cuatro para los terrícolas, que tenemos determinadas conexiones neurales que nos hacen percibir esa evidencia, pero que a eventuales habitantes de otros espacios siderales les resultará palmario que dos y dos son cinco. Revisable: esto se desprende de todo lo anterior, porque somos bien conscientes de que cometemos errores, de que no lo sabemos todo de todo (o de nada), de que en tantos terrenos se producen mejoras y avances, en ocasiones geniales, y siempre preludio de ulteriores progresos.
Quedamos en que la inclusión del adverbio “probablemente” es un acierto: creemos encontrar razones, aunque solo sean coyunturales, que lo avalan. Pero en ese acierto se agazapa una debilidad: ¿cómo es posible que de ese indicativo “probablemente no hay dios/Dios” se pretenda derivar un imperativo apodíctico, sin atenuaciones ni reservas? ¿No decía la antigua lógica que la conclusión sigue siempre la peor parte? Si en la premisa pongo un “probablemente”, tendrá que figurar también en la proposición final. Probemos, y examinemos el resultado. La propuesta sonaría así: “Probablemente no te preocupes y disfruta de la vida”.
Nuestro sentido íntimo de la gramática salta como un resorte y nos pone alerta. ¿No es un absurdo sintáctico asociar ese adverbio con un imperativo? Tanto da que se entienda este modo verbal como un mandato inapelable o como un amable consejo. Y así es como operamos con los imperativos, aunque los preceda un indicativo, o una fórmula asimilable. Si decimos a un compañero: “probablemente lloverá (o bien: es probable que llueva). Lleva el paraguas”, el imperativo va por libre, a su bola, y exento de malas compañías gramaticales. Tenemos la certeza de que hemos construido bien el mensaje, y la otra certeza de que aconsejamos la conducta razonable ante una eventualidad. El adverbio en cuestión se maneja para los enunciados de hecho, no para las órdenes ni las exhortaciones.
Admitamos, pues, que la omisión de esa palabra en los consejos, exhortaciones y preceptos es correcta. El modo imperativo no tolera tales cortejos y, si tratamos de colocárselos, se producirá un rechazo fulminante. Pero pongamos otro ejemplo: “Probablemente detrás de esas matas no hay un hombre. ¡Dispara!”. Un quejido humano convierte en tragedia la alegre partida de caza, y el Derecho tipifica esas conductas. Hay cosas de las que conviene cerciorarse antes de actuar.
Como el mismo anuncio no veta la posibilidad de la existencia de Dios y deja por tanto un resquicio para conocerla y reconocerla, se puede al menos preguntar: ¿Y si existiera Dios? Sí, ¿qué pasaría, si existiera? Agustín de Hipona, un buscador que recorrió tantas calles y parajes en que ofrecían respuesta a sus preguntas y que acabó reconociendo al Dios vivo revelado en Jesucristo, hizo esta confesión: “¡Oh verdad siempre antigua y siempre nueva! Tarde te conocí, tarde te amé!”. Si esa improbabilidad no vetada fuera verdad, la verdad más honda, la más real, ¡qué gran hallazgo y ventura nos habríamos perdido, entretenidos, también como Agustín, en no preocuparnos y en disfrutar de la vida! Ni habríamos podido decir con Juan de la Cruz: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, / aunque es de noche. [...] Sé que no puede ser cosa tan bella / y que cielos y tierra beben della / aunque es de noche”.
¿Qué hacer cuando uno no logra cerciorarse? En nuestro caso concreto, y mientras nos vamos aclarando (mientras proseguimos la búsqueda), el ateo aconsejaría: “vive como si Dios no existiera”. Benedicto XVI, que es creyente, da el consejo contrario: “vive como si Dios existiera”. Al ateo y al papa les pediríamos: ¿en qué se traduce esa consigna? Cuando encontremos esas concreciones, podremos comprobar en qué se parecen, en qué difieren, en qué son incompatibles; la comparación nos permitirá ilustrarnos y optar por una propuesta o por la otra. Puede suceder que ateos y creyentes tengan causas comunes y den consejos idénticos: parece que unos padres ateos y unos padres creyentes pueden coincidir en muchas recomendaciones a sus hijos; no todo pasa, para ser mínimamente validado, por una previa afirmación de fe o por una postura de increencia. Y sin duda que lo placentero, aunque no sea lo decisivo en la vida, no es un coto al que solo tienen acceso legítimo los no creyentes y que está vedado a los creyentes. (Jorge Manrique pensaba que el placer no era lo decisivo. Decía algo que ahora sonará a socialmente incorrecto: ”cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor”. En todo caso, no lo desdeñemos, mientras contemplamos El festín de Babette , o la avidez con que mama un niño.)
Y aquí, sorteado este último paréntesis, salta la queja, aunque no sea desgarrada como la del que sufrió el balazo. Sin quizá quererlo (no los vamos a acusar de mala fe), estos señores publicitarios ensamblan como si tal cosa su indicativo probabilístico, o probabilista, con el imperativo hedonista; vamos, como si el paso de uno a otro fuera, no solo llano, sino, por así decir, biunívoco: no creer en Dios es un placer que lleva a lo placentero, y la experiencia de lo placentero es la calzada regia que lleva al ateísmo, amén.
Pues eso…¿qué hora es? Manzanas traigo. Así funciona la irracional publicidad. Buen artículo.
El anuncio se basa en un tópico: “Dios es el enemigo del hombre que le corta su felicidad”. Apoyado en un tópico semejante, de cara a hacer una campaña vocacional se me ocurriría: “Los Curas y Monjas, probablemente, son personas admirables. Déjate de prejuicios y vente a vivir con nosotros”. ¿Estaría nuestra sociedad para oir un mensaje vocacional así, o todavía le faltan veinte años más?
* Una sugerencia: este tipo de escritos, tan sustanciosos, han de buscar otro formato más breve y más ligero que se adecue a este medio de Internet.