“La cultura y la fe se besan”. Es el lema propuesto para las XVIII Jornadas de Pastoral que se vienen celebrando en distintas ciudades este año 2009.
Quien esté familiarizado con los salmos, habrá evocado de inmediato el Salmo 85 (84), que dice en el versículo 11: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”. Las dos se pertenecen, se saben hermanadas, la una es para la otra dimidium animae, la mitad del alma. ¿Cómo no darse mutuo hospedaje? ¿Cómo no reconocer la belleza de la compañera? ¿Cómo no celebrar juntas la armonía íntima? Merece festejarse el carácter diádico que las distingue y las une.
Díada clásica son los dos libros: el de la naturaleza y el de la Escritura. El segundo celebra al primero desde el capítulo inicial del Génesis, pasando por el Salmo 104 (103) y llegando al dicho de Jesús sobre los lirios del campo. Y los caracteres del segundo se trazaron con los materiales del primero: el rollo de pergamino, la pluma del escriba, los pigmentos de la tinta procedían de la naturaleza, cuyas materias trabajaban los artesanos. Si damos un paso más y avanzamos de la naturaleza a la cultura, comprobamos que la Biblia no tiene un léxico sacro para las cosas del mundo, los asuntos humanos, los designios de Dios; habla de lo divino y lo humano, de su santa armonía y de sus desgarros, con palabras que ha ido creando la cultura; incluso se mostrará hospitalaria con máximas forjadas por sabios de Oriente o por filósofos griegos.
Tomás de Aquino no podía suscribir la teoría de las dos verdades, como si algo pudiera ser verdadero en filosofía o ciencia y falso en doctrina cristiana, o a la inversa. ¿En qué cabeza cabe y se puede dar asilo a tal idea? Esa combinación buenista, holgazana o tramposa sería una díada mortal, un beso envenenado. Pero Tomás celebraba la armonía de los dos órdenes: el natural y el teologal, el de la razón que indaga el universo henchido de semillas de verdad y el de la apertura en fe a Dios que nos comunica su verdad más íntima y nos señala nuestro destino a la comunión con él.
El lema de las Jornadas y el salmo 85 me han traído a la memoria un poema compuesto por un cura de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara para unas bodas. Ignacio Yepes creó una bella versión musical, quizá con algún arreglo en la letra. Transcribo la danza de perfectas díadas:
“Somos las dos voces del mismo canto, somos los dos remos del mismo barco. Las dos voces, los dos remos, los dos del mismo Dios. / Somos las dos llamas del mismo fuego, somos las dos alas del mismo sueño. Las dos llamas, las dos alas, las dos del mismo Dios. / Somos los dos vientos del mismo bosque, somos las dos sombras de la misma noche. Los dos vientos, las dos sombras, los dos del mismo Dios. / Somos las dos orillas del mismo río, los dos acentos del mismo ritmo. Dos orillas, dos acentos, los dos del mismo Dios. / Somos pan y vino de la misma vida, somos cuerpo y sangre de la misma misa. Pan y vino, cuerpo y sangre, los dos del mismo Dios”.
¡Que así sea! ¡Que la fe y la cultura se besen en toda inteligencia y amistad!